sábado, octubre 30, 2010

El espectáculo del viejo caudillismo

En un artículo en La Nación, Sebreli dice:

Los funerales de Néstor Kirchner debían ser previsiblemente multitudinarios. Forman parte de los rituales de la sociedad del espectáculo en la era de los medios, de la adicción por los eventos masivos y la cultura de la muerte o necromanía, desde las exequias de Juan Pablo II a Lady Di o de Hipólito Yrigoyen y Carlos Gardel hasta Evita, Juan Perón y Raúl Alfonsín.

La actitud mágica ante la muerte suele envolver a los difuntos famosos con un aura de santidad o heroicidad; no debe extrañarnos que hasta algunos adversarios, políticos, analistas, periodistas y escritores, elogiaran el espíritu de lucha del jefe de un Gobierno vituperado hasta el día anterior por el autoritarismo, la agresividad y la corrupción. El sacrificio y aún la inmolación por un ideal se transfiguraron en una cualidad política, olvidando también que las peores causas han contado con militantes dispuestos a dar su vida.

Sin embargo, algunos gestos del kirchnerismo aguaron esa fiesta de hipócrita reconciliación: el velorio no se hizo como es habitual en el Congreso. No se les permitió la entrada a la Casa de Gobierno al ex presidente Eduardo Duhalde ni al vicepresidente Julio Cobos. Otros debieron pasar por la censura del secretario de la Presidencia, Oscar Parrilli, así Felipe Solá, Francisco de Narváez o la comitiva radical -cuyo titular fue abucheado- salieron desairados sin poder saludar a Cristina Fernández. El discreto silencio de Elisa Carrió fue la actitud más digna. La relación amigo-enemigo persistió en el velorio con la discriminación en Palacio y los estribillos amenazadores contra la oposición coreados en la Plaza de Mayo, donde no faltó tampoco la oratoria rabiosa de Hebe de Bonafini.

El comportamiento de la sociedad frente al acontecimiento fue variado. Los kirchneristas alcanzaron para sobrepasar la plaza, con el agregado de muchos curiosos, el clásico público de los acontecimientos mediáticos, todos ellos muy atentos a saludar ante las cámaras. En el resto de la sociedad, una amplísima mayoría -que no se vio en televisión- hizo su vida normal; en las calles, en los cafés no se notó un clima de tristeza ni desasosiego. En la plaza, incluso, hubo cierto aire festivo entre los grupos juveniles de clase media que contrastaban con las tradicionales columnas sindicales esta vez mermadas.

Estos delirios de unanimidad a los que son tan afectos muchos argentinos muestran el persistente culto de los héroes, la creencia en los caudillos salvadores, principal obstáculo para la construcción de una sociedad democrática de hombres libres, iguales y responsables de su propio destino. La incertidumbre que ahora cunde por un posible vacío de poder debería atribuirse no a la muerte del líder, sino, por el contrario, a la persistencia del viejo caudillismo y a la debilidad de un sistema democrático de partidos y de instituciones sólidas que avalen la continuidad y la estabilidad política, más allá de las contingencias de los individuos.

No es hora, pues de oraciones fúnebres ni de lamentos, sino de reflexionar sobre las deficiencias básicas de la sociedad argentina, y su organización política y la necesidad de cambio.

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