domingo, junio 28, 2015

Un modesto anarquista

Cita de Martí

Ver cometer un crimen en calma, es cometerlo.
José Martí

Pendiente

"¿Cómo llegó a la historia del secuestro de los Born?
- Estaba haciendo un libro de financiamiento de la política. Una de las cosas que investigaba de la campaña de Menem era la plata de Montoneros, que habían entregado Mario Firmenich y compañía porque el riojano prometía el indulto. Pero el origen de esa plata era el secuestro. Charlando con un ex Montonero le dije: “¿Esta plata de dónde salió? Y me respondió: “Del secuestro de los Born”."

Dignidad

martes, junio 23, 2015

PaleoBioDB

 Fósiles cretácicos: cada punto representa un registro en la PaleoBioDB.
Distribución de las masas continentales en el Triásico.
Los puntos son los fósiles del Triásico registrados en la PaleoBioDB.

Paleobiology Database (PBDB) brinda información sobre el registro fósil gracias a la información brindada por sus cerca de 400 miembros, pertenecientes a 130 Instituciones de 24 países. La Paleobiology database (PBDB) está en modo beta, y sólo probé la versión Navigator, ya que para probar la PBDB clásica es necesario registrarse etc, cosa que no hice. Se puede consultar la base de satos de fósiles en el mapa aplicando filtros de intervalo de tiempo, filtros por taxonomía o una combinación de ambas y aplicando la disposición de los continentes en el tiempo elegido (paleogeografía). En la figura se muestra los sitios con fósiles del Cretácico. Al cliquear en uno de los sitios, se desplegará una ventana con información sobre el fósil en cuestión y la cita bibliográfica sobre el hallazgo, datos estratigráficos etc. En la ayuda del sitio hay filtros preestablecidos.

El desarrollo de PaleoBioDB database, de la API, del website, e los ejemplos son realizados por el Department of Geoscience de la University of Wisconsin-Madison. Todo el código que se usa es código abierto.

Muy recomendable para Geólogos y aficionados a la Paleontología. El sitio es paleobiodb.org.

domingo, junio 21, 2015

Leyenda y realidad: Borges y Perón

Quince años han bastado para que las generaciones argentinas que no sobrellevaron, o que por obra de su corta edad sólo sobrellevaron de un modo vago el tedio y el horror de la dictadura, tengan ahora una imagen falsa de lo que fue aquella época. Nacido en 1899, puedo ofrecer a los lectores jóvenes un testimonio personal y preciso.
No prometo ninguna revelación; me limitaré a notar ciertos hechos que fueron del dominio público y que un olvido cómplice o candoroso ha tergiversado. 
No en vano acabo de dictar la palabra 'cómplice'. Esta palabra es de las que mejor pueden definir estos tiempos aciagos. Benedetto Croce observó: 'No hay en Italia un solo fascista, todos se hacen los fascistas.' La observación es aplicable a nuestra República y a nuestro remedo vernáculo del fascismo. Ahora hay gente que afirma abiertamente: 'Soy peronista'. En los años de oprobio, nadie se atrevía a formular en el diálogo semejante declaración que lo hubiera puesto en ridículo.
Quienes lo eran públicamente se apresuraban a explicar que se habían afiliado al régimen porque les convenía, no porque to tomaran en serio. El argentino suele carecer de conciencia moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama 'viveza criolla'. Fuera de algunos individuos de la Real Academia Española —cuyo sentido del idioma era deficiente— nadie creyó en el 'justicialismo', monstruo neológico que con su eco inexplicable sigue dando horror a una página del abultado diccionario.
Recuerdo las melancólicas celebraciones del día 17 de octubre. El dictador traía a la plaza de Mayo camiones abarrotados de asalariados adictos, por lo común de tierra adentro, cuya misión era aplaudir los toscos discursos, los cuales eran tremebundos cuando todo estaba tranquilo, o conciliadores y pacíficos si las cosas andaban mal.
El 17 de octubre, los almacenes recibían orden de cerrar para que los devotos no se distrajeran en ellos y arribaran sin tentaciones a la plaza de Mayo. Ahí coreaban servilmente 'Perón, Perón, que grande sos' y otras afusiones obligatorias. Solían, asimismo, vociferar 'La vida por Perón', decisión retórica que olvidaron, como el propio Perón, en cierta mañana lluviosa de septiembre de 1955. Diríase que el triste destino de Buenos Aires —conste que soy porteño— es engendrar cada cien años un tirano cobarde, del cual luego nos tiene que salvar las provincias.
El dictador fue un nuevo rico. Dada su casi omnipotencia, hubiera podido instaurar una rebelión de las masas, enseñándoles con el ejemplo ideales distintos, pero se redujo a imitar de manera crasa y grotesca los rasgos menos admirables de la oligarquía ilustrada que simulaba combatir: la ostentación, el lujo, la profusa iconografía, el concepto de que la función política deber ser también una función pública, el amor de los deportes británicos y el culto literario del gaucho. En todo esto abundó la exageración característica del guarango. Inundó el territorio del país con imágenes suyas y de su mujer. Su mujer, cuyo cadáver y cuyo velorio usó para fines publicitarios.
Lo anterior es meramente personal y baladí, si lo comparamos con la corrupción de las almas, con el robo para el cual se prefiere el nombre de negociado, con la picana eléctrica aplicada a los opositores y a toda persona sospechada de ser 'contrera', con la confiscación de bienes, con las pobladas cárceles políticas, con la censura indiscriminada, con el incendio de archivos e iglesias, con el fusilamiento de obreros en la secreta soledad de los cementerios y con la abolición de la libertad. ¡Tantas atroces y sonrientes efigies y ni una sola caricatura; tantos interesados panegéricos y ni una sola sátira!
Otra estigma de la época, hoy profundamente pretérito, fueron las delaciones costeadas con el dinero público. Sé de señoras y de niñas que se prestaban al ejercicio regular de esta indiscreción lucrativa. Otro soborno fue el aguinaldo, curiosa medida económica —imitada nunca sabré porqué por los gobiernos ulteriores— según la cual trabajan doce meses y se paga trece. Esta ridícula y onerosa medida ha sido decorada con el título de 'conquista social'.
Ningún encono personal me dicta la apresurada redacción de estas notas; hará tres o cuatro generaciones que dejé de ser hacendado, cuando Rosas, primo de mis abuelos, les confiscó las tierras que aún guardan los nombres de mi sangre. Perdóneme el lector el atrevimiento de haberle recordado males que todos conocen, pero que ahora inexplicablemente se olvidan.
Texto de Jorge Luis Borges, copiado de Frenos y Contrapesos
 Publicado en La Razón el 26 de mayo de 1971.

El loco y el gaucho, por Hanglin

En su exposición de los oficios del gaucho, Sarmiento destaca: el cantor, el baquiano, el rastreador y el gaucho malo. Curiosos perfiles que son delineados con indudable admiración.
[...]
Para Sarmiento, el más extraordinario de todos estos personajes es el rastreador. En un mar de llanuras donde no hay caminos ni señales, donde las sendas se cruzan en todas las direcciones, donde las bestias pacen libremente, el hombre precisa seguir la huella de un determinado animal y distinguirlo entre mil, saber si va despacio o ligero, suelto o tirado (de una rienda) cargado o vacío. Es ciencia popular. "Una vez -recuerda Sarmiento- caía yo de un camino de encrucijada al de Buenos Aires, cuando el peón que me acompañaba echó la vista al suelo como era su costumbre, y dijo: Aquí va una mulita mora muy buena...es de la tropa de Don Nicasio Zapata.es de muy buena silla. va ensillada.ha pasado ayer". El paisano venía de San Luis, la tropa volvía de Buenos Aires, y hacía un año que no veía a aquella mulita mora (una cabalgadura más entre miles) cuyas pisadas en el suelo se mezclaban con muchas otras en una ancha rastrillada. Y era un simple peón, no un rastreador profesional. Pero en el arte de seguir los rastros, Sarmiento ve una especie de magia: aquellos hombres leían en la tierra una escritura desconocida para todos los demás, que en este sentido eran -y somos- analfabetos.
Copiado del artículo El loco y el gaucho, de Rolando Hanglin.

Scioli según Nik