martes, abril 03, 2018

Respeto


domingo, abril 01, 2018

¿A qué edad leer ese libro?

What was the book that changed your life? How old were you when you read it? Here are some classics, and the best ages at which to read them:

• The “Adventures of Sherlock Holmes,” by Arthur Conan Doyle — before the age of 18. In order to learn that some mysteries, including the ones inside your own heart, really can be solved by logic and reason.

• “Ficciones,” by Jorge Luis Borges — in your 20s. In order to learn that the best mysteries can never be solved at all, even with logic and reason.

• “Beloved,” by Toni Morrison — in your 30s. In order to consider, as you begin to raise a child, the profound injustices of the world, and to learn exactly how terribly they will come to break your heart.

• “The Great Gatsby,” by F. Scott Fitzgerald — in your 40s. In order to understand, during the age of midlife crises, that reinventing yourself comes at a price.

• “The Catcher in the Rye,” by J. D. Salinger — in your 50s. To be reminded what a jerk your younger self was, and not to get all sentimental about your lost youth.

• “To the Lighthouse,” by Virginia Woolf — in your 60s. To understand that the world will go on without you, and that some of the quests you may have set in motion in this life will continue, even after you’re gone.

• The Harry Potter series, by J. K. Rowling — at any age whatsoever. Because it’s good to be reminded that the world does contain magic, and not only the kind you can do with a wand.

What was the book that changed you, and how old were you when that change transpired? If you were somehow today to meet the reader you once were, would you recognize yourself?

Copiado de What’s the Right Age to Read a Book?

Expectativas

Según Ecolatina, si la economía sigue creciendo a 3% anual, la pobreza podría incluso quedar por debajo de 20% a fin de 2019. Al peronismo le costará convivir con ese dato. Mucho más enfrentarlo electoralmente.

Copiado de Aunque la inflación todavía es un pendiente, la baja de la pobreza eleva el capital político de Macri.

¿6 a 1? No hay problema

En realidad, el gobierno no debería preocuparse. Comerse 6 goles puede no ser tan grave. Es más, hasta puede ser auspicioso.

El domingo 3 de diciembre de 1995, Boca enfrentaba a Racing en la Bombonera. Iba primero en el campeonato, invicto y tenía a Maradona. Ese mismo día eran las elecciones presidenciales del club. Para sorpresa del mundo futbolero, ganó un pibe de 30 y pico llamado Mauricio Macri.

¡¡Uy Dio, ganó Macri!! pensamos muchos. Esa tarde, para festejar el triunfo electoral, Racing nos hizo 6, nos quitó el invicto y nos arruinó el campeonato que después ganaría Vélez Sarsfield.

Al poco tiempo, hubo una serie de infartos masivos cuando este muchacho Macri clausuró la Bombonera y empezó a demolerla sin que hubiera un mango para reconstruirla porque el club estaba prácticamente fundido. Él mismo se puso el casco, se subió a la Caterpillar y tiró abajó todo el sector este del estadio. Hay fotos. Ya no había duda: estábamos en manos de un psicópata.

Sin embargo, un año después se reinauguró la Bombonera. Había quedado más linda que nunca. Jugábamos contra Gimnasia y Esgrima de La Plata y el estadio estaba lleno de bosteros dispuestos a pedirle perdón a Macri.

Para festejar la reinauguración, Gimnasia nos hizo… 6!!. No 3, ni 4. Seis!! Otra vez, la maldición del 6 a 1. Con 3 goles de un pibe que llevaba la camiseta 7 en la espalda: Guillermo Barros Schelotto.

En un desesperado intento final por salvar su vida política, Macri pronunció la primera de las dos frases fundamentales de su carrera: “compren al 7”. La otra fue: “ni en pedo me junto con Massa”.

Copiado de ¿Quién no se comió 6 alguna vez?

La vida es Matemáticas

El brillante matemático John Allen Paulos demuestra en este fascinante libro que toda vida humana es una sutil realización de modelos y patrones numéricos, y que los momentos que conforman nuestra biografía obedecen a ideas y ciclos gobernados por los números. El autor no duda en recurrir a episodios de su propia biografía para explicar el papel que el cálculo estadístico, la teoría de probabilidades o las leyes de la lógica desempeñan en nuestras peripecias vitales. Nos enteramos así de que Allen Paulos padeció los estragos de un desastroso profesor de matemáticas o que todavía le remuerde la conciencia por haber tenido una pequeña influencia en la elección de George W. Bush como presidente de Estados Unidos en 2000. O de que la esperanza de vida, las preferencias que nos inclinan a enamorarnos o los vuelcos y giros extraños que a veces puede dar nuestra existencia siempre parecen estar gobernados por alguna ley o principio matemático.

De la contratapa de La vida es matemáticas, de John Allen Paulos.

Un buen economista

El mal economista sólo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá. El primero tan sólo contempla las consecuencias directas del plan a aplicar; el segundo no desatiende las indirectas y más lejanas. Aquél sólo considera los efectos de una determinada política, en el pasado o en el futuro, sobre cierto sector; éste se preocupa también de los efectos que tal política ejercerá sobre todos los grupos.

Fragmento del libro Economía en una lección, de Henry Hazlitt.

El gradualismo ¿llegó para quedarse? 2

Funcionarios del Gobierno defienden el programa gradualista frente a los economistas ortodoxos que lo equiparan con el paso de una tortuga embarazada. En la Casa Rosada destacan que, en 2017, se logró simultáneamente que la economía crezca un 2,9% -el mayor nivel desde 2011-, que la inflación baje del 40% al 25%, que el gasto primario como porcentaje del PBI descienda y que el déficit fiscal primario también disminuya, al igual que el nivel de pobreza. Pero los economistas del círculo rojo vuelven a la carga. Comparan ese gradualismo con una persona que tiene 40 kilos de sobrepeso y se contenta con bajar apenas cinco por año. El exfuncionario macrista Carlos Melconian añade que si todos los años tendremos que tomar deuda por unos 30 mil millones de dólares para financiar el déficit fiscal, en algún momento estaremos en problemas. Esta advertencia cobra especial vigencia en momentos en que las circunstancias internacionales de enorme liquidez y bajísimas tasas de interés, tan favorables hasta hace poco para la Argentina, comienzan a revertirse, al tiempo que asoma una guerra comercial de proporciones, de esas que nunca dejan bien paradas a las economías emergentes.

El economista de la Fundación Libertad y Progreso Agustín Etchebarne postula que, en los próximos cuatro años, la Argentina requiere transferir de manera gradual pero sostenida un millón de empleados en el sector público al sector privado, incorporar un millón de jóvenes al mercado laboral y blanquear dos de los cinco millones de trabajadores del sector informal, lo cual permitiría reducir los planes sociales. Para eso, es necesario crear un millón de empleos por año.

A quienes se preguntaban por qué el Gobierno, en lugar de endeudarse para financiar una administración pública gigantesca e ineficiente, no utiliza la deuda que toma para reestructurar ese Estado obeso y financiar un programa de retiros voluntarios que hagan más liviana su estructura, Macri les responderá en los próximos días. Firmará un decreto para impulsar la salida voluntaria de empleados públicos con la intención de reducir la planta permanente en unas 5000 personas. Más gradualismo.

Copiado de El gradualismo de Macri llegó para quedarse.

El gradualismo ¿llegó para quedarse?

Hay otra realidad mucho más lejana en el tiempo y más dolorosa para los argentinos. Desde los años 70, la pobreza en el mundo disminuyó a la mitad, mientras que en los últimos cuarenta años la Argentina la multiplicó por cuatro. En ese lapso, nuestro país se mostró incapaz de atraer las inversiones productivas necesarias y generar suficiente empleo de calidad. En contrapartida, el Estado brindó empleo y subsidios en exceso para compensar las falencias de la economía. Este proceso se aceleró tras la crisis de principios de este siglo y durante la era kirchnerista. Los 2.300.000 empleados públicos que había en el año 2001 en el orden nacional, provincial y municipal se convirtieron en 3.600.000 en 2016. En ese período de 15 años, el empleo público aumentó más del 56%, mientras la población creció menos del 20%.

En los dos años de gestión macrista, la cantidad de empleados de la administración pública nacional se mantuvo más o menos estable, pero siguió subiendo en provincias y municipios. Mediante la reciente ley de compromiso fiscal, los gobernadores provinciales se comprometieron a que, en adelante, el gasto público de sus distritos no se incremente en proporción mayor a la inflación y a que el empleo público provincial no crezca más que el aumento de la tasa poblacional. Demasiado poco si se tiene en cuenta que el número de empleados públicos provinciales cada mil habitantes pasó de 36 a 52 entre los años 2001 y 2016.

Copiado de El gradualismo de Macri llegó para quedarse.